El Rey y la Reina

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Nombre: Mongol

28 enero 2006

Viernes 2 de diciembre de 2005
Noticias Archivo Viernes 2 de diciembre de 2005 Política Nota

Fernando Laborda
El pulso político

Kirchner, centro del universo

Un funcionario del gobierno de Néstor Kirchner graficó hace algún tiempo la relación entre el Presidente y sus colaboradores con una frase tan llamativa como confidencial: "Con Kirchner tenés dos opciones. Podés ser esclavo o ser enemigo. Yo elegí ser esclavo". Aunque suene exagerada, esa reflexión da cuenta de varios rasgos del esquema de poder presidencial y hasta hace comprensible la salida de Roberto Lavagna del gabinete. Las características de ese esquema kirchnerista son un estilo incompatible con la existencia de superministros; el verticalismo y la concentración del poder; la necesidad de construir enemigos en forma permanente como manera de reafirmar la propia identidad; un estrecho margen de tolerancia hacia las críticas, en especial de aquellos sectores a los que no puede o le cuesta controlar; una mayor valoración de la lealtad personal que del profesionalismo técnico; cierta vocación hegemónica y el "presidentecentrismo" o "hiperpresidencialismo", donde casi todo debe pasar por el titular del Poder Ejecutivo. Lavagna y, en menor medida, Rafael Bielsa eran prácticamente los únicos miembros del gabinete capaces de plantarse ante el Presidente para expresarle claramente sus disidencias. Así les fue. Podrá decirse que, a partir de la asunción de los nuevos ministros, Julio de Vido pasará a ser una pieza clave, tal como lo demostraría su activa gestión en el acuerdo alcanzado ayer con los empresarios de los supermercados. Sin embargo, no debe caerse en errores de apreciación: la única figura estelar de este gobierno se llama Néstor Kirchner, quien hace honor a una vieja máxima política con reminiscencias de Maquiavelo, que señala que el poder se ejerce y no se comparte.
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Existen sospechas muy bien fundadas de que Lavagna buscó ser despedido del Gobierno. El ex ministro sabía que la opinión pública suele ser muy ingrata con aquellos funcionarios que abandonan el barco en circunstancias difíciles, y mucho más si lo hacen para consagrarse a un proyecto político personal. De la manera en que se produjo su salida, Lavagna tiene las manos libres para convertirse en un político con apetencias nada menores. Se fue del Gobierno con una buena imagen, incluso mejor que la del Presidente en el distrito porteño, según algunas encuestas, y con un desgaste equivalente a cero. En términos electorales, ya hay analistas que ven en Lavagna al potencial "gran rival" de Kirchner con miras a las elecciones presidenciales de 2007. Y el ex titular del Palacio de Hacienda puede constituir un problema para el kirchnerismo, dado que no podrá decirse que representa a la "vieja política" ni que es "noventista" o de derecha.
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El final de la relación entre Kirchner y Lavagna encuentra una explicación parecida a la del colapso del vínculo entre el Presidente y Duhalde. Kirchner llegó al poder con una posición inicial de debilidad, con escasos votos -muchos de ellos, prestados por el duhaldismo- y proveniente de una provincia alejada del centro de decisión. Tuvo un padre poderoso, como Duhalde, y un hermano mayor que supo guiarlo, como Lavagna. Como aquellos adolescentes que de golpe sienten que deben convertirse en hombres, resolvió liberarse de los deseos amorosos hacia su padre y su hermano mayor. Lo logró. El riesgo en estos casos es que el adolescente termine encerrándose en sí mismo o en un estrecho núcleo de amigos incapaces de contradecirlo.
Por Fernando Laborda
flaborda@lanacion.com.ar